Mi primer recuerdo de Facundo Cabral proviene de un viejo casete comprado con mis últimas monedas en la puerta de San Marcos.Escucharlo con la reverencia de quien escucha a un profeta fue mi primera actitud frente al personaje. Facundo pesaba cada palabra de las que decía con admirable constancia.
Lo hacía al encajar cada una de ellas como piezas engastadas en cada una de sus interpretaciones. O cuando quedábamos embelesados por su formidable dicción, pero sobre todo ese encuentro feliz entre poesía y verdad.
Y en aquel tiempo los sabíamos los jóvenes del mundo, que decir la verdad es un acto revolucionario. Por lo tanto era un atributo sólo restringido a esos santos laicos que viajaban por el mundo llevando esa verdad tan inconmensurablemente utópica de que el mundo esperaba una nueva oportunidad para la justicia, para la libertad, para nuestra propia felicidad.
Pasaron los años, y también los santos de la revolución se fueron al cielo, junto con las utopías, los profetas quedaron mudos y las verdades se hicieron carne de silencio.
Pero allí estaba Facundo, siempre dispuesto a recordarnos que la globalización no había sido suficiente para callar nuestros corazones, que el mercado no había crecido lo suficiente para ocultar los gritos de los desposeidos, que las injusticias seguian siendo moneda de todos los días, que como antes el poder del dinero seguía enajenando conciencias, y el poder y los que lo detentaban o lo pretendían, no se detenían, siempre dispuestos al peor de los crimenes contra la humanidad para satisfacer sus intereses.
Ahora le tocó el turno a Facundo, se fue acribillado por ocho balas que enmudecieron su noble corazón, pero estoy seguro que este hombre bueno y justo al momento de morirse lo hizo con una sonrisa de perdón a sus matadores.
Pareciera que nuevamente nos hemos quedado nuevamente huérfanos, sin voz, sin esperanza, ya no tenemos quien predique la paz y nos preste su palabra para seguir creyendo en la verdad, en el amor y la poesía.
Sin embargo sus asesinos pretendieron apagar el débil fuego de su vida, pero lo que han logrado es encender la inmensa hoguera de su luz, para seguir dándonos el calor e iluminando ese camino todavía irredento por donde seguiremos transitando para alcanzar nuestro propio y auténtico destino.