SÓLO, SONRIENTE Y SERENO. Así fue encontrado en la tina de baño en su departamento en Paris. Apenas tenía 27 años cuando se despidió de este mundo. Fue un 3 de julio de 1971, y un discutible certificado de defunción declaraba la muerte súbita de un desconocido James Douglas Morrison Clarke, Diagnóstico de presunción: Paro cardiaco. La verdad es que ese día en lugar de morir terminó por nacer la leyenda de Jim Morrison. Jimbo fue un muchacho como todos, soñador, iconoclasta, rebelde. Hijo de un alto oficial de la marina, su vida fue una mudanza interminable, llevando a su vida a contar con seguridades más bien interiores en su voraz interés por la lectura, la poesía y el arte que lo llevaron a estudiar cine en la UCLA en el mismo periodo de Francis Ford Coppola quien seguramente lo conoció.
Morrison quiso en todo momento ser reconocido como poeta. Y su obra es, esencialmente poesía, incluida aquella musicalizada en los temas de The Doors. La poética de Morrison trasunta su profunda espiritualidad, ese misticismo que encaja muy bien con la psicodelia de su estilo de vida. Algunos pretenden este estilo a su conocimiento e influencia de los poetas malditos, al punto que se dice que su búsqueda por la singularización de su lirica es convertirse a sus códigos, en otras palabras convertirse en un poeta francés, o en su estilo.
La poesía de Morrison busca expresar sus intereses intelectuales, ese bagaje cultural que partía de sus difíciles lecturas y discusiones hasta con sus maestros en la universidad, que pergeñó también en sus muchos poemas y que traslapo a su musicalidad poética, mundo común pero extraño, incapaz de llenar sus expectativas pero sugerente para retarse a indagar sus propios pensamientos y hasta sus temores.
De otro lado su veta poética nos lleva a una manera peculiar de entender la vida y la muerte, ese diario e inacabado conflicto entre el mundo de la realidad y la metafísica, de la racionalidad y la imaginación, la materialidad omnipresente y la desbordante recusación de aquello que va más allá de la percepción. Jim Morrison es finalmente un insatisfecho, alguien que se resistía a las fronteras de lo conocido, de los convencionalismos sociales. De allí su persistente disposición transgresora, irreverente y desenfadada.
Se dice que Jim Morrison era borderline, de allí su dualidad, el continuo desafío que aparece en los múltiples registros de sus mensajes como artista y como persona humana, situaciones límites que fácilmente superaba sin medir riesgos, sin una lógica valoración del peligro, de allí que se decía que era poseído por espíritus como los de Dionisio, el dios Baco de los antiguos griegos, que a su vez constituía expresión de su propio espíritu al cual permanecía fiel, de los demonios interiores que lo visitaban de continuo, en el viejo chamán que lo poseía, en lo elegíaco de su poesía/canto, en su danza/representación, en ese demonio/espíritu/genialidad, que se encuentra como origen de su inmanencia, pero a su vez en esa ambigüedad que siempre lo acompañó hasta su muerte, donde hasta su epitafio κατα τον δαιμονα εαυτου (“Kata ton daimona eaytoy “) que en el griego antiguo puede traducirse como, "El diablo está dentro de mí o en mi interior", pero en griego moderno habla de que "El espíritu divino está conmigo” o "El genio está en mi mente", un juego de palabras con las que el propio Jim pretendió sorprendernos aun con motivo de perennizar su muerte, para significar lo uno y lo otro, todo y nada.
Ángel o demonio, Jim fue un ser que jamás reconoció límites. En perfecta consonancia con su desbocada determinación, asi también murió. Lizard King, dios del desenfreno, el gran lagarto que mimetizaba la enorme revuelta de su vida en esa compulsiva vocación por las drogas fuertes y el bourbon, los libros de filosofía y un chamanismo encarnado de las viejas tradiciones navajas hicieron de este personaje nuestro demonio inolvidable. Morrison simplemente vivió, y tal como llegó, se fue, apacible y hermoso, como se apaga la noche al rayar las primeras luces del día. This is the end.